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sábado, 14 de agosto de 2010

Lo que provoca una taza de café.


Una de las cosas que más disfruto es una buena taza de café.
El solo aroma del café me provoca una sonrisa, cambia el gesto de mi cara, me hace cerrar los ojos, abre mi mente, y me llena de emoción.
Es todo un goce tomarlo, y es un rito prepararlo.
Mi favorito: el de prensa francesa.

Hervir el agua, dejar enfriar un par de minutos y verterla sobre el mágico polvo.
Dejar reposar 4 minutos mientras el mundo se prepara.
Presionar y ¡listo! El polvo quedará en el fondo dejando sólo la infusión con finos restos del grano y una delicada espuma.

De alguna forma comienzan: a girar nuestro planeta, y a escucharse las noticias.
Me gusta servirlo entonces, en una taza que tenga el interior color blanco, y sólo servir la mitad.
¿Por qué sólo la mitad?
Me parece que una taza de café representa tantas cosas, que ha de ser por eso que nunca quiero llenarla. Imagino que todo lo que contiene de repente se alborote y comiencen a salir, desbordando por la orilla, los recuerdos que provoca, las escenas que refresca, y las frases importantes, que se guardan para cuando los sentidos las ocupan. ¡Y todo a partir de ese delicioso aroma!
No. En la taza debe quedar un espacio; el espacio que llenarán, una vez que esté servido, el aroma del café, y todos los sentimientos que en el corazón provoca.
Si no, ¿para qué tomarlo?

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