
Hace muchos años recuerdo haber visto, en mi pueblo, aquellos teléfonos con manivela, en donde al girarla contestaba la operadora; el teléfono del abuelo era el número 2 (complicado ¿eh?), porque el del Presidente Municipal era el número 1.
Es asombrosa la forma y la disponibilidad que tenemos ahora para comunicarnos, en cualquier momento y desde cualquier lugar, todos nosotros tenemos a la mano más de un dispositivo para abrir, y conectarnos con el mundo entero en un instante. La actualidad favorece la comunicación, entre grupos, entre comunidades, entre redes, entre ciudades, entre gobiernos.
Ya no hay fronteras ni distancias para comunicarnos. En lo personal me dedico a comunicar a un gobierno con los ciudadanos en el estado, y buscamos superar todas las fronteras para evolucionar de una comunicación de una sola vía a la comunicación 2.0.
Pero me preocupa la otra comunicación, la que se da con los más cercanos y ahora parece más difícil. La de sobremesa, la del café, la de antes de ‘las buenas noches’; ésa que ahora se ve interrumpida por el timbre de celulares y radios; la sobremesa que se ve invadida por i-pads, laptops y blackberries evitando el contacto con nuestros más cercanos, e interrumpiendo el momento de la pregunta más importante de los hijos antes de ir a dormir. Esa comunicación que yo llamo comunicación 10.0 y que sólo requiere de escuchar y responder, de atender y sonreír, sin otro dispositivo ni otra conexión que la de nuestro ser consciente y dedicado.
Hoy me ocupa esa comunicación 10.0 en la que sólo necesitamos cerrar los demás dispositivos y abrir todos los sentidos para lo que antes era lo más sencillo: vernos a los ojos y platicar.